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Pastoral 29 MARZO 2026

Pastoral 29 de Marzo - Ap. Alberto Magno Sales de Oliveira

¿Para qué Orar a Dios si Él Igual Sabe qué es lo Mejor? – II

Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Filipenses 4:6-7

La pregunta obvia que estamos levantando e intentando responderla con respecto a las oraciones es: Si Dios es omnisciente, entonces Él por cierto sabe qué queremos. Y si Él sabe qué queremos, ¿por qué se lo tenemos que pedir?

 

La pregunta es todavía más fuerte. Dios no sólo sabe qué ‘queremos’, sino que Él también sabe qué es lo mejor para nosotros, lo que ‘necesitamos’. A menudo, estas dos cosas no son lo mismo. Una persona puede querer ganar una fortuna en la lotería. Pero… ¿cuántos ganadores de lotería descubrieron que el dinero es más una maldición que una bendición? Ya no saben quiénes son sus amigos. Su familia repentinamente tiene toda clase de expectativas financieras. O empiezan a vivir muy por encima de sus medios, sólo para descubrir que el dinero se va rápidamente y, al final, se quedan con menos de lo que tenían en un primer momento.

 

Que preferiríamos: ¿Lo que pensamos que es mejor para nosotros o lo que Dios sabe que es mejor para nosotros? El apóstol Pablo no pierde tiempo con explicaciones y argumentos, pues tiene una indicación segura para cada uno de nosotros. En Filipenses 4:6-7, que citamos arriba, él demanda que hagamos conocidas nuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego. Él empieza diciendo que no debemos estar ansiosos o preocupados por nada, mas que vayamos a nuestro Dios con toda la convicción de que Él tiene lo mejor para nosotros y que puede llenar nuestros corazones de la paz que “sobrepasa todo entendimiento”.

 

Ahora, orarle a Dios para que haga lo que Él piensa que es mejor, es como ser dueño de un terreno y esperar que Dios haga crecer algo en él. En este caso, nuestra tarea como seres humanos es tener (humildemente, por supuesto) opiniones sobre cómo mejorar nuestras vidas y el mundo en el que vivimos, y trabajar activamente para implementar esas opiniones. Parte de esos esfuerzos activos es el medio de la plegaria. Aunque Dios controla todo y todo lo sabe, Él diseñó un mundo en donde los seres humanos son participantes activos responsables por escoger sabiamente.

 

Con este entendimiento, nuestras oraciones son un elemento muy significativo de nuestro rol en el mundo. Estamos aquí para ver el mundo de Dios y preguntarnos cómo podemos mejorarlo. Tenemos que asumir la tarea de hacerlo, y hacerlo con Dios a nuestro lado, teniéndolo como nuestro más grande aliado y consejero.

 

Es un equilibrio delicado que debemos navegar y la oración es uno de nuestros mejores amigos en este camino. Mientras nos involucramos en nuestro mundo y lo cambiamos, la oración nos mantiene humildes. Cuando lo logramos, nos recuerda siempre de donde viene ese logro.

 

También nos pone frente a Dios el hecho de reflexionar sobre qué nos importa. Nuestras prioridades son muy diferentes cuando estamos frente a Dios que cuando vivimos nuestras vidas ocupadas sin prestarle atención. Por lo tanto, la oración nos mantiene conectados con lo espiritual en nuestra vida, incluso si salimos y nos involucramos por completo con el mundo material.

 

La oración es un espacio silencioso en nuestras vidas ocupadas, un lugar donde tocamos algo más profundo, algo más poderoso, algo que es más que nuestra verdadera naturaleza. La oración es un ancla. Allí estamos asegurados y nos apercibimos que nuestro trabajo es orar a Dios y rendirle nuestro corazón, confiando en que Él hará Su trabajo de la mejor manera posible.

 

Aquí corre y vale la demanda del apóstol Pablo a cada uno de nosotros en Romanos 12:1-2, que nos dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. En este sentido estaremos orando por lo que nos hace sentido, ajustando nuestra voluntad a la Voluntad de Dios.

 

A través de la oración nos conectamos con uno de los empeños más santos y elevados: ser socios de Dios para crear ese mundo perfecto que Él tenía en mente desde el comienzo mismo de Su creación, transformando nuestra geografía y nuestro ambiente en un lugar donde Su Reino se establezca y donde Su Voluntad sea hecha aquí en la Tierra como ella es hecha en los Cielos (Mateo 6:10).

 

En el Amor del Señor y en la Lucha por el Reino, Alberto Magno y Gladys de Sales, sus pastores.